Existe una pregunta que desvela a consultores y candidatos: “¿Cómo ganamos?”. Pero quizás, para sanear nuestra democracia, la pregunta más honesta que un partido debería hacerse es la que surge del hartazgo social:
“¿Qué tendríamos que hacer para que, con total justicia, la ciudadanía no quiera volver a vernos ni en figuritas?”.
Parece un ejercicio insólito. ¿Qué partido político quisiera asegurarse el rechazo popular definitivo?
Sin embargo, verán que no hace falta cometer errores épicos. Alcanzaría con repetir, de manera sistemática, esta hoja de ruta del suicidio político en gotas.
Regla 1- El primer paso es convencerse de que la realidad es lo que dicen sus asesores y no lo que pasa en la calle. Minimice la inflación o la inseguridad o diga que es una “sensación”. Sostenga que la crisis “ya pasó” mientras la gente ajusta el cinturón a diario.
La clave: La desconexión entre el relato oficial y la experiencia cotidiana
Regla 2- Prometa alivio —bajar impuestos o proteger el salario— y, al asumir, aplique un ajuste drástico sin dar explicaciones a quienes confiaron en usted. El ciudadano/a puede tolerar que un cambio demore, pero no perdona el engaño ni la pirueta ideológica según sople el viento.
Regla 3- Denuncie con firmeza los privilegios o la corrupción cuando están enfrente, pero relativícelos cuando aparecen en su propio espacio.
Nada erosiona más la autoridad moral que la sensación de que las reglas cambian según de qué lado del mostrador se esté.
Regla 4- Hay partidos que viven de homenaje en homenaje. Honrar la historia es noble, pero convertir cada acto en un homenaje a gestas de hace años, sin proyectar un solo plan a futuro, lo vuelve una pieza de arqueología.
El riesgo: La sociedad necesita memoria, pero vota futuro. Si usted solo ofrece mirar por el espejo retrovisor, el electorado buscará a quien mire por el parabrisas.
Regla 5- Llame “ignorante”, “cómplice” o “fanático” a quien no lo acompaña. Esta superioridad moral es el preludio de la soledad electoral. El enojo puede movilizar un rato; el desprecio, en cambio, expulsa para siempre.
Regla 6- Construya un esquema donde todo depende de una sola voz que no admite matices, o muestre un partido atravesado por peleas internas constantes. Para coronar el desastre, súmese a cualquier aventura electoral incoherente solo para “manotear” una banca. Entre el mesianismo y el amontonamiento de candidatos con mala reputación, lo que desaparece es la previsibilidad.
Regla 7- Guarde un silencio hermético o grite desaforado cuando la situación exija respuestas claras
O mejor aún, ataque a los medios de comunicación o por el contrario siga solamente la agenda de los medios.
Una vez que el votante deja de creerle al mensajero, ya no escucha el mensaje.
Nada de esto es abstracto. Son escenas que la sociedad reconoce porque las vivió y las vive. Los partidos no mueren porque “el pueblo se equivoca”, mueren por su propia incapacidad de escuchar y por la distancia abismal entre lo que dicen ser y lo que terminan haciendo.
Esta “guía del rechazo” deja en evidencia una conclusión incómoda: el voto no es un capricho. Cuando el ciudadano decide no volver a votar a un espacio, está ejerciendo la herramienta más potente de la democracia para decir: “Así, no”. Evitar estas prácticas no garantiza el éxito, pero es el único camino para empezar a reconstruir la confianza perdida.
La legitimidad de un sistema democrático no se agota en las urnas, sino en la calidad de la comunicación entre el poder y la sociedad. Cuando esa palabra se rompe o se distorsiona para ocultar la desigualdad, la injusticia o el descontrol, la democracia pierde su esencia.
El verdadero desafío es construir el puente. La política no tiene por qué ser el arte del engaño o la gestión del rencor, sino la herramienta más poderosa de transformación que hemos inventado como sociedad.
Es hora de que las fuerzas políticas y quienes sienten la vocación de servicio recuperen la política de los proyectos. Necesitamos una arena pública donde la discusión no sea entre slogans vacíos o ejércitos de fake news, sino entre visiones de país contrastables, honestas y realistas. La verdadera audacia hoy no es gritar más fuerte, sino tener la valentía de proponer soluciones complejas a problemas que ya no admiten simplificaciones.
Laura Echezarreta
