Hay semanas en que la realidad argentina se acumula en capas y cada noticia parece hablarle a la otra sin saberlo. Esta fue una de esas semanas.

El 7 de abril se celebró el Día Mundial de la Salud. Pero Argentina ya no forma parte de la organización que la convoca. El canciller Pablo Quirno lo confirmó el 17 de marzo: nuestro país se retiró de la OMS, argumentando soberanía sanitaria frente a lo que el gobierno de Milei describió como interferencia de un organismo que “falló en su mayor prueba de fuego” durante la pandemia. 

Más allá de la discusión ideológica el retiro tiene consecuencias concretas: acceso más limitado a vacunas y medicamentos, pérdida de apoyo técnico internacional, mayor vulnerabilidad ante una eventual crisis sanitaria. Nos bajamos del barco justo en el momento en que más deberíamos estar adentro.

Y mientras eso sucedía en la esfera de la política internacional, otra historia mucho más cercana y alarmante se desarrollaba en los pasillos de los hospitales porteños.

Alejandro Zalazar, anestesiólogo que trabajaba en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, fue encontrado muerto el 20 de febrero en su departamento de Palermo. 

La causa fue una sobredosis de propofol y fentanilo, dos anestésicos de uso exclusivamente hospitalario. Lo que siguió destapó una red de médicos que sustraían esos fármacos de los hospitales y los usaban en reuniones privadas. Dos colegas del Hospital Italiano quedaron imputados. La investigación continúa.

La primera reacción pública fue de escándalo y miedo. La segunda, de condena. Pero hay una tercera lectura, más incómoda y más necesaria: ¿qué le estaba pasando a Zalazar? ¿Qué le pasa, en general, a los médicos argentinos?

Un estudio reciente señala que sobre casi tres mil profesionales de la salud en el país, el 64,5% padece burnout. En los médicos de entre 25 y 34 años, ese número sube al 78,7%. 

En especialidades críticas como Terapia Intensiva o Pediatría, alcanza el 80%. Casi cuatro de cada cinco médicos jóvenes en las áreas más exigentes están al límite del agotamiento. 

Y sin embargo, el sistema los obliga a seguir. El multiempleo, la precarización, la exigencia de perfección constante sobre cuerpos y mentes que también se rompen.

El acceso a sustancias psicotrópicas y el conocimiento técnico para usarlas no son la causa del problema: son el síntoma de algo que nadie quiso ver a tiempo. El médico que consume no es solo un transgresor. Es, muchas veces, alguien que no encontró otro cauce para un sufrimiento que el sistema niega y la sociedad no tolera. Porque construimos una imagen del médico como ser invulnerable, y esa imagen mata. Literalmente.

Hay un nombre que sobrevuela todo esto aunque nadie lo haya mencionado esta semana: René Favaloro. El hombre que inventó el bypass coronario, que salvó millones de vidas en el mundo, que volvió a la Argentina para construir una medicina con conciencia social, se pegó un tiro en el corazón el 29 de julio del año 2000. Había pedido ayuda durante meses para sostener su Fundación. Nadie respondió. “Me he transformado en un mendigo”, escribió antes de morir.

Favaloro fue víctima de un sistema que exige todo de los que cuidan y no devuelve nada. Un sistema que aplaude a sus médicos durante una pandemia y luego los deja solos, agotados, sin red.

La historia se repite con distinto rostro. Zalazar tenía los mismos fármacos que usaba para salvar vidas. Favaloro eligió el corazón, el órgano al que había dedicado toda su existencia. 

En ambos casos, el sistema miró para otro lado hasta que fue demasiado tarde.

Entonces, ¿qué significa celebrar el Día Mundial de la Salud en un país que acaba de retirarse de la OMS, que tiene a ocho de cada diez médicos jóvenes al borde del colapso y que solo habla de sus profesionales de la salud cuando el escándalo los vuelve inevitables?

Significa que tenemos una deuda. No con una organización internacional ni con una estadística. Con las personas concretas que sostienen un sistema que no las sostiene a ellas.

Favaloro lo dijo meses antes de morir: “Sin compromiso social, mejor no vivir.” Tenía razón entonces. Y seguimos sin escucharlo.

Por Laura Echezarreta

Share This