Por Laura Echezarreta

Ernesto Sanz volvió a hablar de candidaturas. A un año de las elecciones de 2027, propone recrear una coalición como Cambiemos, y no descarta ser candidato. Lo dijo con naturalidad, como quien vuelve a una conversación que nunca terminó. La pregunta que me surge no es si puede hacerlo. Por supuesto que puede. La pregunta es dónde estuvo durante estos años y qué pretende representar ahora.

 

¿Dónde estuvo cuando atacaban al Hospital Garrahan? ¿Dónde cuando el Gobierno avanzaba sobre el presupuesto universitario y los jubilados reclamaban por sus ingresos? ¿Dónde mientras se perdían empleos y cerraban comercios? ¿Dónde estuvo mientras el radicalismo discutía cómo responder a un gobierno que, en nombre del equilibrio fiscal solo planteaba un ajuste a la mayoría de la población sin tocar al capital concentrado y ponía en cuestión políticas públicas fundamentales?

 

No se trata de exigir que todos hayan estado en cada marcha. Se trata de algo más concreto: de la presencia política, de la responsabilidad y de la coherencia entre lo que se propone y lo que se hace cuando las circunstancias exigen tomar posición.

 

Sanz fue uno de los protagonistas de la destrucción del Frenta Amplio Unen que impulsaba un proyecto reformista con sectores afines, para llevar al radicalismo hacia la construcción de Cambiemos. En 2015 impulsó la alianza con el PRO y la Coalición Cívica. En las PASO de Cambiemos compitió junto con Lucas Llach como compañero de fórmula y juntos obtuvieron muy poquitos votos, el 3,4% sobre el total nacional, mientras Mauricio Macri ganó ampliamente la interna. Es importante decirlo con precisión: no fue una PASO de la UCR. Fue una primaria dentro de Cambiemos, en la que la candidatura de Sanz terminó funcionando como una de las alternativas para legitimar la competencia interna que finalmente consagró a Macri.

 

Si aquella experiencia fue tan valiosa como parece sugerir ahora, cabe preguntarse por sus consecuencias. ¿Por qué el radicalismo quedó tan desunido y sin identidad después de aquella alianza? ¿Qué lugar ocupó la UCR en el gobierno de Cambiemos? ¿Qué balance hace Sanz de ese proceso, más allá de la posibilidad de volver a armar una coalición electoral similar?

 

Después de que Macri asumiera, Sanz se retiró de la política. Explicó que quería dedicar más tiempo a su familia. Es una decisión personal que merece respeto. Pero también es legítimo preguntarse qué continuidad política tuvo ese proyecto y qué compromiso está dispuesto a asumir hoy con el partido que pretende volver a representar.

 

Lo que me preocupa no es la coalición en sí que probablemente haya que hacer, sino que la discusión vuelva a empezar por los nombres y las alianzas, como si el país necesitara solamente una nueva arquitectura electoral. ¿Qué proyecto de desarrollo? ¿Qué lugar para la universidad pública? ¿Qué política para las pymes y los comercios? ¿Qué Estado queremos construir? ¿Qué papel debe tener el radicalismo frente a un gobierno que avanza sobre derechos y políticas públicas? ¿Con qué identiad se presenta la UCR hoy? ¿Y cual es el plan de desarrollo + igualdad?

 

En sus recientes entrevistas, Sanz menciona a Hernán Lacunza como una de las figuras que podría integrar esa nueva construcción y hasta plantea que, si el PRO lo descartara, habría que “rescatarlo”. Lacunza no es radical. Menciona a Frigerio, que tampoco es radical. ¿Por qué no menciona a Martín Lousteau, o a cualquier otro dirigente de la UCR con trayectoria y conocimiento de la economía? ¿No hay nadie dentro del partido que lo conmueva al punto de ser mencionado cuando habla del futuro del país?

 

No es una cuestión de nombres propios. Es una cuestión de identidad. Sanz parece seguir mirando al PRO como socio natural, como si el radicalismo o él mismo necesitara permanentemente legitimarse a través de dirigentes de otro partido. Y eso es precisamente lo que habría que discutir: si se pretende reconstruir una coalición, ¿se busca fortalecer a la UCR o volver a ponerla al servicio de una alianza en la que termina perdiendo identidad?

 

Hay antecedentes que también merecen ser recordados. Hace unos años, Sanz afirmó sobre la Asignación Universal por Hijo que los recursos se iban por “la canaleta del juego y la droga”. La frase fue pronunciada en 2010 y generó fuertes cuestionamientos por la caracterización que hacía del destino de una política social dirigida a niños, niñas y adolescentes.

 

Con la despenalizacion del aborto, primero sostuvo que sus convicciones personales lo llevaban a estar en contra de la despenalización. Pero cuando el debate ya estaba avanzado y la discusión legislativa había tomado otro rumbo, terminó ubicándose a favor y vinculándolo con una cuestión de salud pública. No es que un dirigente no pueda cambiar de opinión. Al contrario, se celebra el cambio.  El problema es otro: la sensación de que Sanz se sube a la ola solo cuando ya está formada.

Siempre subirse a la ola. Nunca armarla.

 

Y eso vuelve a aparecer en su regreso actual. Sanz se presenta como una alternativa frente a Milei y al kirchnerismo. De hecho, acaba de definir a ambos como “primos hermanos”. Pero ¿qué significa exactamente esa alternativa? ¿Qué propone sobre la economía, el Estado, la educación pública, los derechos sociales, el trabajo y el desarrollo productivo? ¿Qué lo diferencia de quienes están enojados con Milei pero podrían terminar haciendo, en materia económica y social, muchas de las mismas cosas?

 

Con Sanz, muchas veces, nada está del todo claro. Y esa ambigüedad puede ser políticamente conveniente: permite ocupar un espacio amplio, presentarse como una opción superadora y evitar definiciones que podrían incomodar a sus potenciales aliados. Pero no es un proyecto político transformador real!

 

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿esta campaña busca impulsar a la UCR o perfilar personalmente a Ernesto Sanz para una eventual alianza con el PRO? ¿O para representar a aquellos sectores que están desencantados con Milei pero no necesariamente con sus políticas?

 

La discusión que venimos dando en diferentes ámbito del partido e incluso en el Foro Encuentro Reformista parte de una pregunta que sigue pendiente: ¿para qué quiere existir la UCR y qué proyecto de país está dispuesta a construir?

 

No alcanza con decir que hay que recrear Cambiemos. Hay que explicar qué se aprendió de Cambiemos. No alcanza con decir que hay que construir una alternativa a Milei y al kirchnerismo. Hay que explicar en qué consiste esa alternativa. Y no alcanza con volver a hablar de candidaturas cuando se acerca una elección: también hay que explicar dónde se estuvo cuando no había una candidatura en juego.

 

Porque una alternativa política no se construye solamente juntando partidos que tienen posibilidades electorales. Se construye alrededor de ideas, propuestas y una identidad reconocible. Y si la UCR vuelve a una alianza con el PRO o con quien sea, o si se animara a construir una opción autónoma, debería hacerlo desde una posición propia, no como socio menor ni como plataforma para las ambiciones personales de nadie.

 

Sanz puede volver a la política. Puede ser candidato. Puede proponer las alianzas que considere necesarias. Pero el radicalismo también tiene derecho a preguntarle qué cambió, qué aprendió y qué proyecto está dispuesto a defender.

 

Argentina tiene con qué. ¿Tenemos proyecto desde la UCR? La discusión que falta no es cómo volver a armar Cambiemos. Es qué país queremos construir y si la UCR está dispuesta, esta vez, a ser protagonista de esa construcción pero no por un tema de “cartel” sino porque un proyecto verdaderamente reformista para el país.

 

Siempre subirse a la ola. ¿Cuándo construirla?

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