Adorni
La cocina de la política: qué pasa cuando los cientos de militantes que empujan el motor de un partido político descubren que las decisiones las toman unos pocos y con una lógica no siempre facilmente aceptable.
Hace unos días escuché el podcast de Mai Pistiner. La periodista contó que en su juventud, uno de los peores trabajos de su vida había sido trabajar de “extra” en televisión. Le pagaban bien, muy bien. Pero un día se descubrió mirando a los protagonistas de las telenovelas donde trabajaba y preguntándose qué tenían ellos que ella no tuviera; por qué ellos tenían nombre, personaje y texto, mientras ella era solo una silueta que caminaba detrás en las escenas. Habló del “salario emocional”. A veces no alcanza con que te paguen bien si te sentís invisible. Su relato me dejó pensando durante días porque llevo más de treinta años trabajando en el corazón de la política y entendí perfectamente de qué estaba hablando.
¿Por qué él y no yo?
Si pasaste años de tu vida entregado/a a una causa, a una organización o a un trabajo invisible, seguro te hiciste esa pregunta. Yo también me la hice. No ante los líderes extraordinarios, esos que desbordan una luz o una inteligencia o un visión estratégica que explica perfectamente por qué están donde están.
La pregunta aparecía en otros casos: cuando veía a alguien mediocre asumir un lugar de máxima relevancia política, con la lapicera para decidir el destino de miles, mientras una pensaba: «No veo qué tiene que yo no tenga». Por qué esa persona llegó ahí y yo sigo aquí??
Es una pregunta incómoda. Los espacios colectivos están llenos de palabras nobles —compromiso, ideales, entrega— y todas son ciertas. Pero en los pasillos también habitan los celos, la envidia, la comparación y la frustración. Creo que la mayoría de nosotr@s los hemos sentido alguna vez, aunque jamás lo admitiríamos en público. Con los años entendí que quienes ocupan los lugares de decisión no seleccionan necesariamente a los más capaces o a los más comprometidos/as; eligen a personas que reúnen una combinación extraña de oportunidad, audacia, lealtad ciega y, a veces, simple azar.
Una vez fui candidata para un cargo interno del partido radical (allá por los ´90). Era muy joven -20 años- y la lista en la que me anotaron iba a perder; todos lo sabíamos. Por eso me pusieron de candidata. No me molestaba, al contrario. En aquella época yo pasaba más horas en el local partidario que en mi casa: había organizado un merendero, atendía la biblioteca popular, hacía actividades para jubilados y gestionaba cursos de computación y ayuda escolar para chicos. También había armado un espacio de mujeres porque veía que nosotras militábamos un montón pero casi no hablábamos ni ocupábamos cargos. Trabajaba muchísimo. Así que cuando me ofrecieron integrar la lista, aunque no fuera la ganadora, lo tomé como un honor y pensé: «Bueno, tiene sentido, vieron mi esfuerzo».
Después vino el acto de presentación en un teatro enorme. Iba a ser algo vecinal, pero a último momento confirmaron su asistencia dos de los dirigentes más importantes del momento. (De hecho poco tiempo después, uno llegó a presidente y el otro fue su jefe de gabinete). El lugar estalló de gente y de periodistas con cámaras. Originalmente, yo estaba programada para hablar. Pero a medida que el evento cobraba magnitud, la mesa chica cambió de parecer. Decidieron que era más “prudente” que hablaran otros con más experiencia. Como era la única mujer de la lista (todavía no había cupos), resolvieron que quedaba bien que decorara el escenario pero sin micrófono. Aparecí en las fotos de los diarios del día siguiente, sonreí, aplaudí y me fui a mi casa. Durante años pensé que aquella anécdota hablaba de una oportunidad perdida. Hoy sé que hablaba de algo más profundo: de la diferencia abismal entre estar presente y tener voz.
Desde hace más de tres décadas me dedico a la comunicación política. Mi trabajo me regaló un privilegio extraordinario: acceso. Estuve en las mesas de negociación, en los búnkers de campaña y en algunas reuniones donde se definió algo con impacto para la política del país. No como protagonista. Mi rol era preparar la información para los periodistas, redactar los borradores a contrarreloj entre termos de café frío y humo de cigarrillo, u organizar la logística para que otros lucieran impecables.
Y me fascinaba. Todavía hoy me sigue emocionando mi trabajo. Vi de cerca a los más importantes personajes de la política argentina. Vi cómo construían su autoridad, cómo la perdían, a veces cómo se traicionaban y también cómo armaban acuerdos o gestaban grandes acciones que cambiaban el rumbo. Durante mucho tiempo creí que solo miraba pasar la historia, pero en realidad estaba acumulando una experiencia que ninguna universidad te puede dar.
En los distintos espacios siempre me llamaron de maneras parecidas: “el motorcito”, “la que empuja”, la que hace que las cosas pasen. Siempre lo agradecí, pero en la intimidad me causaba sentimientos encontrados: nadie llama “motorcito” al que maneja. El motor hace que el auto avance, pero no decide el rumbo. Fui suficientemente buena para sostener, estructurar y entusiasmar, pero no para ejercer la autoridad o ser reconocida en algún rol de “liderazgo”. A veces me dolió, claro. Sobre todo al ver ocupar sillones de decisión a personas que no parecían más preparadas ni más comprometidas, pero que habían recibido la bendición (el dedo que los ponía) o la daban. Tenían la firma, el dinero, el cargo o la palabra.
Cuando escuché a la periodista hablar de los extras de la televisión, finalmente lo entendí. Mi frustración no era “no haber llegado” en el sentido tradicional del éxito en política. Era haber habitado la frontera del poder, haber estado tan ridículamente cerca de la palabra, que se volvía inevitable preguntarse por qué otros la ejercían y yo no.
Hoy sigo en la cancha, pero sumé otro lugar. Continúo trabajando en comunicación política con instituciones y dirigentes, pero también construyendo desde el llano en espacios colectivos donde decidí, finalmente, tener voz propia. Y ayudar a otros a tener su propia voz. Darnos visibilidad. Hacer acciones colectivas por iniciativa propia. Poner en valor trayectorias. Lo que fuimos, lo que somos, lo que podemos lograr. Aunque nadie nos elija con su dedo poderoso. Elegirnos nosotr@s mismos para luchar por las causas en las que creemos. Poner en valor toda esa vocación política por un proyecto: un país con desarrollo, productivo y también con más igualdad. Una mirada justa y equilibrada de la política argentina. Por fuera de los gritos y los extremos. A eso me dedico ahora, además de trabajar de lo que trabajé siempre. Sé que emprender en política, luchar por proyecto y luchas colectivas sin chequera, sin herencias y sin padrinos es un camino difícil y cuesta arriba. Las puertas no se abren solas. Pero animarse a construir por fuera del libreto conocido, sabiendo ese costo, es el único camino que te pertenece del todo. Descubrir que mi voz y la de tant@s, también importa me llevó treinta años. No es poco. Desde ahí sigo, seguimos con varios/as.
No importa donde estes, que rol tengas, ni quien esté adelante o arriba. Hacé escuchar tu voz. Siempre. Me lo recomendó Florentina Gomez Miranda cuando yo era muy joven. Pero me lo acordé hoy, con lo de Adorni. ahora.
Y sirve para todos los militantes y partidos políticos
Laura Echezarreta