Por Silvia Vázquez Diputada Nacional (MC)
El sentido actual de la memoria y qué implica sostener la democracia en el contexto político y social de hoy
Y como cada año —pero con más urgencia que nunca—, salimos a las calles. No por rutina, no por nostalgia, sino porque la memoria no es un museo polvoriento: es un espejo implacable que nos obliga a mirarnos de frente, sin anestesia y sin excusas. Esta columna dura diez minutos porque el momento lo exige: no alcanza con recordar, hay que entender por qué marchamos hoy, cuál es el sentido actual de la memoria y qué implica, de verdad, sostener la democracia en este contexto político y social tan áspero.
Marchamos porque el horror de los 30.000 desaparecidos, de los centros clandestinos, de la tortura sistemática no fue un accidente del pasado. Fue el resultado trágico de una democracia que se fue debilitando, gangrenando, hasta quebrarse del todo. Y aquí viene la primera gran decepción que nos atraviesa como sociedad: creímos que con la recuperación de 1983 todo estaría resuelto para siempre. Que el “Nunca Más” sería un escudo impenetrable contra cualquier retroceso. Pero la realidad nos golpeó una y otra vez. Crisis económicas que dejaron a millones en la pobreza estructural, corrupción que pudrió las instituciones desde adentro, promesas electorales que se evaporaron apenas asumieron los gobiernos. La política convertida en un ring de boxeo donde se pelea por el sillón y el micrófono, no por el bien común.
Y duele especialmente hoy, cuando el negacionismo ya no es cosa de marginales: sale desde el poder mismo. No se trata de una negación frontal y burda (“no pasó nada”), sino de una relativización sistemática, astuta y peligrosa: “fue una guerra con excesos de ambos lados”, “la cifra no es 30.000”, “memoria completa” o la teoría de los dos demonios reciclada y puesta al día. Se cuestiona el número emblemático que los organismos de derechos humanos sostienen como bandera ética, se minimiza el plan sistemático de exterminio estatal, se vacían instituciones como el Archivo Nacional de la Memoria, se intervienen sitios de memoria como la ex ESMA y se escuchan rumores inquietantes de indultos. La ONU lo calificó hace apenas días como “alarmantes retrocesos” y una violación de los derechos humanos.
Pero el negacionismo no se detiene en el pasado. Se expande al presente y al futuro con el negacionismo climático libertario: el Presidente repite una y otra vez que el cambio climático es “una mentira del socialismo”, “un ciclo natural” donde el ser humano no tiene ninguna culpa, que el planeta “está para que lo destruyamos” y que el ambientalismo es “idiota”. Políticas que culpan al humano son “falsas”, dice, mientras recorta presupuestos ambientales y retira delegaciones de cumbres climáticas. Es el mismo mecanismo negacionista: negar la evidencia científica para justificar desregulación salvaje y un modelo extractivista sin frenos.
Y para completar este cuadro de irracionalidad total, llega el discurso del odio sistemático y la violencia verbal del Presidente, que nos retrotrae directamente a las peores épocas de los setenta. Un insulto cada pocos segundos en sus discursos y redes: “zurdos de mierda”, “ratas”, “excremento humano”, “cáncer woke”, “hijos de puta”, “enfermos del alma”. Según relevamientos, solo en su cuenta de X ha usado estos agravios más de 2.200 veces desde que asumió: casi siete por día. Odio que no es casual, que no es “estilo”: es método.
El impacto de este odio verbal sistemático en la sociedad es devastador y lo vemos todos los días. Divide familias: miles de argentinos cuentan en privado cómo no pueden mencionar política en la mesa familiar sin que explote una discusión irreconciliable, sin que se rompan lazos que antes eran inquebrantables. Aumenta la violencia: lo que empieza como insulto en redes o en un discurso presidencial termina en agresiones físicas contra periodistas, militantes sociales o simples ciudadanos que se animan a disentir. Erosiona la salud mental, especialmente entre los jóvenes que viven expuestos 24/7 al veneno digital: ansiedad, depresión, sensación de que el otro es enemigo y no compatriota. Estigmatiza a minorías —mujeres, comunidad LGBTQ+, migrantes— y normaliza la discriminación como si fuera un chiste. Organismos internacionales, desde la ONU hasta el Parlamento del Mercosur, lo han condenado como discurso de odio que vulnera derechos humanos y profundiza la grieta social. Es la irracionalidad en estado puro: reemplaza el argumento por el agravio, el debate por el grito, la política por el espectáculo de la humillación. Nos retrotrae exactamente a aquellos años setenta donde el odio ideológico, la descalificación sistemática del que pensaba distinto, preparó el terreno para la tragedia que hoy recordamos.
Estas decepciones no vienen solo de un lado. También duele, y duele mucho, la dificultad de ciertos sectores para asumir plenamente sus propias responsabilidades: en la escalada de violencia política de los setenta que ayudó a hacer ingobernable el país, en los ciclos de populismo que prometieron inclusión pero terminaron en inflación crónica, destrucción de reservas, deterioro sostenido de la salud y la educación públicas. Cuando nadie —ni de un lado ni del otro— reconoce sus errores propios, la racionalidad queda arrinconada en los márgenes del sistema político.
Porque la memoria de hoy no es solo recordar el terror de ayer. Es preguntarnos, con crudeza, por qué la racionalidad desapareció de la política y cómo esa ausencia, invariablemente, debilita la democracia. En los setenta, odios ideológicos que no admitían diálogo, violencia que se justificaba como “lucha”, extremismos de izquierda y derecha que se alimentaban mutuamente hasta hacer imposible la convivencia. Hoy es lo mismo, pero con otros nombres: negacionismo del pasado y del futuro, insultos presidenciales sistemáticos, relatos emocionales que reemplazan datos y debate. Cada vez que la política abandona la razón, la democracia se resquebraja un poco más. Se debilitan las instituciones, se pierde la confianza en la justicia, se instala la idea peligrosa de que “el fin justifica los medios”. …peligrosamente como algunos grupos lo hicieron hace 50 años.
Y sin embargo, aquí estamos. Marchando. Con más fuerza que nunca. Porque no todo es decepción. Marchar es, sobre todo, un acto de esperanza terca, casi irracional, pero profundamente real. Esperanza en que las nuevas generaciones, que no vivieron la dictadura pero la estudian en las escuelas y en las plazas, entiendan que la democracia no es un regalo caído del cielo: es una construcción diaria, frágil y exigente. Esa esperanza tiene base concreta: encuestas de la UBA y el CELS muestran que 7 de cada 10 argentinos rechazan la dictadura y sus métodos, y repudian estas narrativas negacionistas y de odio. La mayoría de la sociedad no traga el veneno.
Recordemos, en este momento clave, las palabras de Raúl Alfonsín en su discurso de asunción el 10 de diciembre de 1983, cuando la democracia volvía después de la noche más larga: “En la Argentina existió una larga tradición de libertades públicas, oscurecida durante los últimos años por la arbitrariedad y la irracionalidad. […] No se puede vencer en el terreno de la fuerza si se carece de razón. Nosotros queremos tener razón para ser fuertes. […] La razón de ser de un gobierno constitucional y democrático implica el reconocimiento de la diversidad”. Alfonsín nos recordaba que la democracia no es solo urnas: es sensatez, métodos correctos, diálogo, pluralismo. Es elegir la razón por encima de la fuerza y el agravio.
Esperanza en que, a pesar de todo, miles de argentinos sigamos eligiendo las urnas en lugar de los cuarteles, el diálogo en lugar del insulto, la memoria compartida en lugar del olvido conveniente. Esperanza en que la racionalidad vuelva a la política: no como frialdad técnica, sino como madurez cívica. Como la capacidad de decir “tenemos problemas reales —inflación, desempleo, exclusión, crisis climática— y los vamos a resolver con datos, con debate honesto y con respeto, no con relatos que esconden la verdad ni con gritos que envenenan la convivencia”.
Sostener la democracia hoy implica no darla por sentada. Implica salir a marchar, sí, pero también volver mañana a exigir transparencia, a participar en los centros vecinales, a educar a los hijos en el valor del pluralismo y del respeto al que piensa distinto. Implica rechazar tanto el autoritarismo que promete orden a costa de derechos como el populismo irresponsable, y también este nuevo negacionismo libertario y este odio verbal que nos arrastra de nuevo al abismo. Implica defender la verdad histórica y científica sin convertirla en dogma, y reconocer que la justicia por los crímenes de lesa humanidad no es venganza, sino la garantía concreta de que nunca más se repita.
Por eso marchamos hoy. No solo para honrar a las víctimas y a los 30.000, sino para gritarnos a nosotros mismos que la democracia es frágil, que está amenazada y que su defensa pasa, inexorablemente, por recuperar la racionalidad perdida. Las decepciones pesan —el negacionismo del pasado, el del clima, el odio sistemático desde la cima del poder—, pero la esperanza es más fuerte todavía: en cada pañuelo blanco que flamea, en cada joven que levanta la voz sin miedo, en cada argentino que sigue creyendo que es posible una Argentina más justa, más unida y más razonable.
Porque si la memoria sirve para algo, es para no repetir los errores. Y para seguir caminando, juntos, hacia un futuro donde la democracia sea una práctica cotidiana de cordura, respeto y razón.
Nos vemos en la marcha. Y, sobre todo, nos vemos mañana, trabajando por más democracia #NuncaMás.